Ahora lo sé. Ahora, cuando me contemplo desde fuera de mí misma, en esta habitación del hospital, enganchada a unos tubos que pretenden alargarme la vida y que yo sé que son inútiles. Ahora, esta que habla que es mi alma, por fin se reconoce libre. Esta sí soy yo, no esa que yace ahí abajo. Esta es la que trataba de ocultar a los demás, la que ellos nunca vieron, la que vale realmente, la que va a seguir existiendo, porque ese cuerpo, sólo piel y huesos, está cercano a su fin. He dejado de ser una princesa…
Me pregunto ahora para qué tanto sufrimiento infligido a mi cuerpo, si no voy a poder disfrutar de las cosas buenas de la vida; si tampoco mientras vivía pude hacerlo, porque estaba dominada por una obsesión: ser una princesita perfecta, delgada y etérea, a la que todos adorasen. Mientras la vida pasaba, veía a los demás disfrutar y yo me llenaba de odio. Principalmente, odio hacia mí, hacia mi cuerpo, al que culpaba de todos los males; evitar a la gente para evitar comer, mantenerte un día entero con caramelos y café, llegar a un lugar y contar la gente que estaba más gorda que tú para sentirte mejor; llenar mi dormitorio y la nevera con fotos de famosas muy delgadas; hacer carreras para perder kilos con otras “princesas” a través de nuestros blogs… Estas chicas, que en estos últimos tiempos eran mis únicas amigas. Y sobre todo, ANA, nuestra diosa, a la que consagrábamos nuestra vida. No había nadie más, ni familia, ni novios ni amigos. Sólo ella, la diosa, y nosotras, sus sacerdotisas.
“Lo que me nutre, me destruye”, era uno de nuestros lemas, uno entre muchos, con los que nos dábamos fuerzas. ¿Por qué? Intento encontrar las razones que me llevaron a elegir este tipo de vida. ¿Culpamos al mundo de la moda, por intentar imponer criterios estéticos difícilmente alcanzables? ¿Culpamos al mundo del cine, por exigir a sus estrellas que siempre se mantengan impecables? ¿Culpamos a la industria de los cosméticos y los productos de belleza por obligarnos a comprarlos para sentirnos mejores y más deseados? ¿Culpamos al sistema capitalista donde todo queda reducido a un mercado de compra-venta, incluidos los sentimientos y los problemas de las personas? Todos formamos parte de esta vorágine, de un mundo dónde se valoran más las apariencias. Mi alma, como un espíritu libre, ahora piensa que realmente fui una víctima de uno de los grandes males universales: la falta de amor hacia uno mismo. Ahora, aunque sea tarde, pienso que si me hubiera querido, tanto física como espiritualmente, no hubiera caído. Habría podido disfrutar de mis ideas, compartirlas con los demás, conocer el amor y el placer, viajar y conocer otros lugares, ser madre y saber lo que se siente alimentando y cuidando a otro ser parte de ti; disfrutar de la naturaleza humana, en definitiva, aprender a vivir, que consiste en placeres y sufrimientos y en que estos te hagan crecer cada día… Cierto que existen el mal y personas malvadas, pero ellas también son víctimas de esa falta de amor a sí mismos. Necesitaban sentirse bien haciéndote sentir mal a ti. Y si uno no es fuerte, cae, cae y cae, y puede llegar a esto. Pero una persona es algo más que su cuerpo. Cuerpo y mente van unidos; si tu mente está bien, tu cuerpo te ayudará a disfrutar. Y no importan las medidas de estos, porque ¿qué son los números? Sólo números, y las personas somos demasiado libres como para encasillarnos.
Nada de esto importa ya… Todo lo que he perdido, no lo voy a recuperar. Me quedan sólo unos minutos para exhalar mi último suspiro, mis fuerzas se agotaron. Ojalá no os pase esto a ninguna, ojalá os deis cuenta de que merece la pena luchar por ser algo más que una princesa… muerta.
viernes, 5 de diciembre de 2008
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